Hay cosas que sabemos con el cuerpo antes de poder articularlas con palabras. La mandíbula que se tensa antes de una conversación difícil. El estómago que se contrae cuando algo no va bien en una relación aunque todavía no sepas nombrar exactamente qué. El cansancio profundo que aparece después de pasar tiempo con ciertas personas.

El cuerpo no miente. Y en terapia, aprender a escucharlo es a menudo tan importante como encontrar las palabras.

El cuerpo como archivo

Las experiencias emocionalmente intensas —especialmente las que no pudieron procesarse en el momento— quedan almacenadas en el cuerpo. No solo en la memoria conceptual, sino en la forma en que el sistema nervioso responde, en la postura, en los patrones de tensión muscular, en la regulación del sistema nervioso autónomo.

Esto explica por qué a veces, en ciertos contextos, el cuerpo reacciona con una intensidad que "no corresponde" a lo que está pasando objetivamente. No es desproporcionado: es que el cuerpo está respondiendo también a lo que pasó antes, no solo a lo que pasa ahora.

Lo somático no es "psicosomático" en el sentido despectivo

Cuando los médicos dicen "es psicosomático" a menudo implican "no es real". Nada más lejos de la realidad. Los síntomas físicos con origen emocional son completamente reales: el dolor es real, la fatiga es real, el malestar es real. Lo que ocurre es que su origen no es orgánico en el sentido estricto, sino que el cuerpo está expresando algo que la mente no ha podido procesar de otra manera.

Trabajar con el cuerpo en terapia

No hace falta hacer terapia corporal explícita para incluir al cuerpo en el trabajo terapéutico. Prestar atención a lo que ocurre físicamente mientras se habla de algo —"¿qué noto en el cuerpo cuando digo esto?"— puede abrir dimensiones del material que el análisis puramente verbal no alcanza.

El cuerpo es un aliado en el proceso, no un obstáculo. Cuando empieza a encontrar palabras para lo que siente, algo importante se mueve.